Archivo mensual: mayo 2016

Monchi tiene en vilo al sevillismo

Ayer, a última hora de la noche, me enteré de la decisión que ha tomado Monchi de dejar su cargo. Al principio creí que era una broma de mal gusto, pero al llegar la misma información por distintos medios, ya empecé a preocuparme. De hecho, no estoy tan inquieto, por motivos futbolísticos, desde agosto de 1995.

La marcha de Monchi, aunque sólo sea una noticia que no ha sido confirmada oficialmente, ha sentado como si una bomba H hubiera caído en el centro del sevillismo. No ya sólo por lo inesperado, sino porque a nadie se le escapa que Monchi es el principal artífice de que el Sevilla esté realizando una década prodigiosa, repleta de buenas clasificaciones ligueras, finales y títulos. Por tanto, hay el lógico temor de que la situación de la que actualmente disfrutamos, de gloria contínua, desaparezca y se vuelva a ver el Sevilla de antaño. Aunque, dadas las estructuras que tiene actualmente el club, particularmente confío en que no se llegará a eso.

El momento en el que ha llegado la noticia es crítico, porque es precisamente ahora cuando el Sevilla 2016-2017 empieza a funcionar. En cuanto a fichajes, seguro que hay operaciones iniciadas y no sería un disparate pensar que podrían verse afectadas.

Entre los motivos que se manejan para este repentino cambio de opinión de Monchi –sólo hace unos días que dijo que seguiría–, son varios, desde que ha recibido una oferta irrechazable desde clubes supermegapoderosos, como el Madrid o el Manchester United, hasta que está demasiado involucrado sentimentalmente con el Sevilla FC. En mi opinión, creo que tiene más que ver con su honradez, ya que Monchi es una persona que parece consecuente y valora mucho la palabra dada. Vamos de esas personas de las que ya quedan pocas.

Una vez lograda la quinta Europa League, Monchi dijo que le había prometido a Emery, para que éste continuara, reforzar el equipo para hacer un buen papel en la Champions League y que no habría salidas importantes en la plantilla. Así pues, no me extrañaría que, a la hora de hacer un fichaje importante, donde hubiera sido necesario una importante inversión, le hubieran puesto trabas desde el departamento financiero, es decir, José María Cruz. Lo digo sin conocimiento de causa, porque no estoy dentro del club, pero la reacción de Monchi me parece la propia de una persona con valores, con pundonor, que ve que no puede hacer frente a un compromiso por problemas ajenos y que ve la dimisión como la única salida.

Confío en que su sevillismo y las múltiples presiones que recibirá, por parte de los pesos pesados del Sevilla, de la afición y desde el Consejo de Administración sirvan para que Monchi recapacite y todo quede en un susto. Si no es así, comenzará una nueva era, y difícilmente será tan productiva como la que estamos teniendo la suerte de disfrutar.

 

Mi evaluación del Sevilla en las cuatro competiciones de la temporada 2015-2016

Durísima esta última temporada que ha disputado el Sevilla, donde ha jugado más partidos que ningún otro equipo, al haber llegado a las finales de la Europa League y de la Copa del Rey, jugando además Champions League y Liga.

Desde mi punto de vista, la temporada es de sobresaliente. No puede calificarse de otro modo, ya que se ha conseguido un nuevo título, suculentos ingresos económicos en competiciones europeas, prestigio y la clasificación directa para la fase de grupos de la Champions League. Por supuesto, si el Sevilla hubiera sido capaz de vencer al Barcelona en la final de la Copa del Rey, habría sido de Matrícula de Honor, pero, siendo realistas, ese logro era casi imposible.

Sin embargo, la actuación del Sevilla en Liga no ha podido ser más decepcionante. La verdad es que esta competición se me ha hecho eterna. El comienzo fue desastroso, llegándose a estar como farolillo rojo –al igual que ocurriera en la pasada temporada–. Después se remontó hasta ocupar las posiciones europeas, donde se estuvo luchando con el Villarreal por la cuarta plaza, hasta que se dio prioridad máxima a la Copa del Rey y, sobre todo, a la Europa League. Pero lo más llamativo en esta competición es que el Sevilla ha sido incapaz de ganar un solo partido fuera. Menos mal que, en parte, hubo compensación con los partidos de casa y dio, al menos, para finalizar en una pobre séptima posición, pero que daba para clasificarse para la Europa League, jugando dos rondas previas a la fase de grupos. Un aprobado por los pelos.

En la Champions, el papel del Sevilla se podría calificar como de “bien”. Verdaderamente, no pudimos tener peor suerte en el sorteo, entrando en un grupo formado por Juventus, Manchester City y Borussia Mönchengladbach. Teniendo en cuenta que jugamos la Champions con sólo tres defensas disponibles, debido a las largas lesiones de Carriço y Pareja, se puede decir que nos podemos dar con un canto en los dientes, ya que, gracias al gol de Llorente ante su ex equipo –lo mejor y casi único que ha hecho–, se logró entrar en la Europa League.

En la Copa del Rey, lo hemos tenido relativamente fácil. Logroñés, Mirandés y Betis no fueron rivales, y sólo encontramos en nuestro camino hasta la final un equipo que, en teoría, era duro de roer, pues estaba haciendo una buena temporada en Liga y había eliminado al Atlético de Madrid: el Celta de Vigo. Pero después, en la práctica, el equipo celeste tampoco tuvo nada que hacer, al caer por un global de 6-2. El Sevilla tuvo al alcance de su mano alzarse campeón ante el Barcelona, ya que jugó buena parte del partido en superioridad numérica. Sin embargo, las lesiones, sanciones y el cansancio –cuatro días antes se había proclamado pentacampeón de Europa en Basilea y algún que otro jugador forzó para jugar, no estando al 100%– convertían en una hazaña el superar al que para mí es el mejor equipo del mundo. El árbitro del partido, Del Cerro Grande, también hizo de las suyas. Fue tan valiente como para expulsar a Carriço, por decirle “marica”, como cobarde, al no haberse atrevido a expulsar antes a Neymar, por decirle “hijo de puta, vete a tomar por culo”. Habría supuesto que el Barcelona acabara con nueve jugadores y no el Sevilla. Triste esta diferente vara de medir, pero no es nada que deba de extrañarnos a estas alturas.

Y ha sido en su competición, en la Europa League, donde se ha salvado la temporada. Aquí tuvimos toda la suerte que nos faltó en la Champions League, siendo los sorteos bastante benévolos. En cuartos de final tuvimos problemas para eliminar al Ahtletic, cuando se presumía fácil por la ventaja conseguida en la ida, de 0-2, pero un nefasto partido del guardameta David Soria y la ausencia de Banega por sanción, equilibraron el partido, llegándose a la tanda de penaltis. En semifinales lo pasamos mal en Ucrania y en nuestro propio estadio, ante el Shakhtar Donetsk, al igual que en la final, ante el Liverpool, pero, finalmente, el Sevilla siguió con su idilio con la Europa League, levantando su quinto trofeo, tercero consecutivo.

A decir verdad, no esperaba que el Sevilla finalizara la temporada tan exitósamente, ya que, a mi modo de ver, ha resultado evidente que la planificación deportiva no ha sido la mejor y que la plantilla tenía muchos defectos. Se fueron jugadores muy importantes, como Bacca, Denis Suárez, Iago Aspas, M’Bia y Aleix Vidal, y no fueron sustituidos convenientemente. Tampoco el mercado invernal sirvió para reforzarse, sino más bien al contrario. El resultado fue que tuvimos que afrontar la recta final de la temporada, donde se lo juega uno todo, con lo justo. Por suerte, no se lesionaron los jugadores más importantes, como Gameiro, Banega o Rami, quienes fueron la columna vertebral y principal sustento del equipo.

El reciente pentacampeón de Europa no puedo conseguir el ansiado doblete

El Sevilla tuvo en la mano el conseguir traer a su ciudad su sexta Copa del Rey, pero fallos sobre el césped y en el banquillo lo impidieron.

El Rey del Sur, como rezaba el tifo exhibido en el Vicente Calderón, fue superior al Barcelona en los primeros minutos y, contrariamente a lo que la lógica dictaba, no pasó apuros. Había pocas ocasiones de gol por ambos lados, hasta que Gameiro consiguió quedarse solo, aprovechando la adelantada defensa blaugrana, y Mascherano se vio obligado a derribar al francés. Jugada de penalti y expulsión. Jugada que suele ser decisiva, a no ser que tengas enfrente a un señor equipo como el Barcelona, que tiene en sus filas a varios de los mejores jugadores del mundo.

En realidad, no puede considerarse que el Sevilla quedara en superioridad con esa expulsión, sino más bien en igualdad. De la misma manera que en Basilea puede decirse que los aficionados sevillistas estábamos en igualdad con los del Liverpool, porque cada uno de nosotros hacía por cuatro de ellos, también puede pensarse que Messi vale por dos –como mínimo–. Teníamos superioridad numérica, pero no técnica. Había que andar con siete ojos porque Messi o Neymar, con su velocidad y desborde, eran capaces de montar un contragolpe o colarla en alguna falta directa.

No obstante, es evidente que el partido se puso muy de cara con esa expulsión y con la lesión de Suárez –lástima que no fuera Messi–. Pero había que marcar un gol, y el Sevilla apenas creó ocasiones de gol. Tuvo dos muy claras, ambas de Banega, que se despidió ayer del sevillismo: un disparo fue espectacularmente interceptado por Ter Stegen y otro fue repelido por el poste. Aparte de eso, algún que otro balón suelto en el área y algún disparo lejano sin consecuencias.

A toro pasado, da la impresión de que el Sevilla debió arriesgar más, aprovechando la superioridad numérica. Quizás, metiendo un segundo delantero, como Llorente, que rivalizara con Piqué, quien se las llevaba todas por alto. Pero también es verdad que Llorente no está para nada, y lo demostró en los pocos minutos que jugó.

Pasaban los minutos y el panorama era el mismo: un Sevilla que no podía hincar el diente y un Barcelona que amenazaba con finiquitar la final con un contragolpe o una falta.

Y entonces llegó el que, a la vista de los resultados, parecía el error más importante, y llegó desde el banquillo. Emery decidió quitar a Mariano para dar entrada a Konoplyanka. Es decir, quitó al jugador que le puso los grilletes a Neymar, con el agravante de que Konoplyanka apenas aportó nada.

Pocos minutos tardó Neymar en quedarse solo ante Rico, con la mala suerte de que fue Banega, nuestro jugador más importante, el que lo derribara, siendo también expulsado. El panorama no podía ser más desalentador: sin nuestro mejor jugador y en una prórroga, con la pesadez en las piernas de haber jugado otra final cuatro días antes.

En la prórroga Messi hizo de las suyas con dos pases de gol que decidieron la eliminatoria. Muchos jugadores tocados físicamente, por la batalla de Basilea y por los 90 minutos de partido, hicieron lo que pudieron, entregándose al máximo, pero fueron presa fácil para Iniesta, Messi y Neymar. Incomprensiblemente, Emery dejó sin efectuar el tercer cambio, a pesar de estar el equipo bajo mínimos. El resultado no fue más abultado porque Sergio Rico estuvo inconmensurable en un par de acciones que llevaron marchamo de gol.

Para colmo, el árbitro se unió a la fiesta blaugrana y empezó a señalar faltas inexistentes, algunas de ellas con tarjeta incluida, que sólo sirvieron para desquiciar a los jugadores blancos y para desequilibrar aún más la balanza. Rami pudo ver la segunda amarilla por protestar una de esas faltas de manera airada y Carriço vio dos amarillas en una misma jugada, y eso que llegó a tocar balón.

Una verdadera lástima que no se trajeran la sexta Copa del Rey, pero el fútbol no tiene piedad con los que cometen tantos errores, y más si el rival que se tiene enfrente es el mejor del mundo. Eso sí, en la grada se ganó por goleada, como era de esperar.

Hoy toca celebrar sólo un título, pero, por fortuna, es el más importante de los dos a los que aspirábamos, ya que nos da más dinero, la clasificación directa para la fase de grupo de Champions y, por tanto, nos libramos de las dos fases previas de la Europa League –la competición a la que abríamos accedido por Liga–, las cuáles habrían condicionado la pretemporada y temporada del que seguro que será un ilusionante Sevilla 2016-2017.

 

Mi experiencia, deportiva y extradeportiva, de la final de Basilea

Ya somos pentacampeones de Europa, que se dice pronto. En esta ocasión tuvimos que vencer a un gran equipo, como es el Liverpool, que llegó a tenernos contra las cuerdas, en determinados momentos de la primera parte.

El partido empezó bien, controlando el juego y viéndose, con claridad, que el Liverpool nos tenía un gran respeto. Pero con el paso de los minutos, el equipo inglés empezó a llegar a nuestra área con relativa facilidad y tuvo un par de ocasiones claras para adelantarse en el marcador. Además, temí que el árbitro pitara una clara mano de Carriço dentro del área, cosa que, por suerte, no ocurrió. En una de esas llegó el gol –golazo más bien– de Sturridge, con un disparo con el exterior que colocó muy bien junto al poste.

A partir de este momento, hasta el final de la primera parte, lo pasó muy mal el Sevilla. Un gol anulado al Liverpool y una ocasión donde el balón se paseó por el área pequeña de Soria, me hizo rezar para que llegáramos con sólo 1-0 al descanso, con la esperanza de que Emery y los jugadores pudieran resetearlo todo, porque parecía que no estábamos jugando una final, sino un amistoso, hasa el punto de que el 2-0 no llegó de milagro, más que por acierto de los reds, por nuestros propios despropósitos. En varias ocasiones perdimos el balón en zonas peligrosísimas, quizás por un exceso de confianza, pero el desajuste fue total y estuvimos cerca de tirar la final a la basura.

Afortunadamente, el Sevilla de la segunda parte no tuvo nada que ver con el de la primera, y eso se vió desde el saque inicial. Apenas 15 minutos tardó el Sevilla en empatar, gracias a una sensacional jugada de Mariano, que casi se burla de Alberto Moreno, y deja el balón para que Gameiro sólo tenga que empujarla. Mazazo para el Liverpool y chute de adrenalina para el Sevilla.

Si el primer gol fue bonito, el segundo lo fue mucho más, al ser una jugada de todo el equipo, con varias paredes, y con una muy buena finalización de Coke, que fue el auténtico héroe de la noche, ya que poco después conseguiría el tercer gol que, prácticamente, dejó visto para sentencia el partido. Como no podía haber sido de otra manera, Coke fue elegido el hombre del partido, pero dicho honor debería haber recaído en Gameiro, de no haber fallado dos ocasiones donde se quedó solo ante Mignolet.

Curiosamente, la famosa pareja Coke-Mariano fueron jugadores claves para imponerse al Liverpool. El primero, asistiendo en el primer gol, y el segundo marcando por partida doble.

Se pasó mal durante varios minutos, pero, al final, la copa se fue para Sevilla, como debía ser. Pase lo que pase el domingo, la temporada será de sobresaliente: nuevo título y clasificación directa para la Champions League.

En cuanto a otros aspectos de la final, tengo que decir que la organización de la final, en todos los aspectos, ha sido nefasta. He estado en todas las finales europeas, a excepción de Varsovia y las Supercopas que no se disputaron en Mónaco, y la de Basilea ha sido verdaderamente lamentable. Como se suele decir, no ha ocurrido una desgracia porque Dios no ha querido.

Dejando a un lado los malos y escasos medios de transportes para desplazarse desde la Fanzone al estadio o desde el estadio al centro de la ciudad –tiene su importancia pero no deja de ser una simple incomodidad–, lo peor tuvo lugar dentro y fuera del estadio. Dentro del estadio no se tuvo la precaución de separar a los aficionados de ambas aficiones, con lo que, en una final, con la tensión que hay, era jugar con fuego. De ahí que hubiera incidentes en la grada.

Pero lo que sí fue extremadamente grave, y pudo acabar en tragedia, fue la mala organización en el acceso al estadio. Yo llegué al estadio una hora y cuarto antes del comienzo del partido, y ya había una multitud importante esperando para entrar. Por delante de esa multitud, había muchos policías antidisturbios y unas vallas, quedando sólo un estrecho espacio para que entraran los aficionados. Es de suponer –yo no lo veía desde mi sitio, bastante alejado de la entrada– que la persona que entraba era minuciosamente registrada. El problema es que el flujo de gente que entraba era ridículo, y hacer eso con las tres mil o cuatro mil personas que estábamos esperando, era totalmente inviable. Y claro, pasan quince, veinte, cuarenta minutos… y ves que aquello no se mueve, y el comienzo del partido se acerca.

Quedaban veinte minutos para el inicio y ya a la gente se le acababa la paciencia: gritos, insultos, empujones, se empezó a tirar vasos de cerveza a los antidisturbios… Pero la policía seguía impasible. Allí no se movía nada. Un antidisturbio estuvo grabando en video, continuamente, a la multitud –lo que enfurecía más a la gente–, y, de vez en cuando, asomaba por encima de las vallas un tipo enchaquetado, que supongo que sería el máximo responsable de seguridad, oteaba el horizonte durante unos segundos y desaparecía entre los silbidos y abucheos de la gente, que cada vez estaba más nerviosa.

La tensión y el peligro era tan palpable que algunas personas empezaron a salir de la bulla, principalmente personas mayores y padres que sacaban a sus hijos. Un padre salía con sus dos hijos de unos 13-15 años, y uno de ellos le protestaba porque llevaban allí mucho tiempo esperando, a lo que el padre le respondió con un contundente “la seguridad es lo primero”. La presión de la bulla estaba lejos de ser la que se produce, por ejemplo, cuando pasa una cofradía por la calle Francos y se forman “ríos” de gente, cada uno queriendo ir para una dirección distinta, pero empezaba a ser bastante agobiante. El principal riesgo que se corría era que los antidisturbios cargaran o que se formara una avalancha. Esta última opción parecía la más probable, porque oía por detrás de mí gritos de “avalancha, avalancha”.

Por suerte, no pasó nada, pero no me quiero ni imaginar las consecuencias que habría tenido una carga o una avalancha, sobre todo para los más pequeños.

Al final, a falta de quince minutos para el inicio del partido, se impuso la cordura y se abrió más espacio para que pudiera entrar los aficionados, quienes ya casi ni eran registrados. En mi caso, tardaron unos diez segundos en cachearme y registrar mi pequeña mochila, pero hubo mucha gente que ni la registraron. Un exceso de celo en la seguridad no sirvió para nada, sólo para provocar el caos y la indignación, y, verdaderamente, la mala organización que sufrimos hace plantearte si merece la pena desplazarte a ver una final. Eso sí, efectivos policiales hubo de sobra, en el centro y en el estadio. El aeropuerto estaba prácticamente tomado por el ejército –soldados con fusiles de asalto– y dos helicópteros estuvieron dando vueltas todo el día. Pero fallaron en lo básico, hasta el punto de que me llevé la impresión de que Suiza es un país tercermundista donde todo está muy caro.

En este sentido, me quedé impresionado cuando, ya dentro del estadio, se me ocurrió pedir agua. La muchacha me dio un vaso de agua de plastico, que ya tenía allí preparado, de un tamaño un poco menor de medio litro –por tanto, no sé si era agua mineral o del grifo– y me dijo que “eran siete”. Siete céntimos me parecía muy poco y siete francos –casi ocho euros– me parecía una barbaridad. Efectivamente, eran siete francos. Pero lo más gracioso fue que me dijo que “si entregaba el vaso, me devolvía dinero”. Y cuando lo hice, me devolvió dos francos por entregar un vaso de plástico. Si no llego a estar muerto de sed… No sé qué habrían cobrado por un refresco, pero me lo imagino.

Llegué a mi asiento diez minutos antes del inicio del partido, aún con el susto en el cuerpo y repleto de indignación, pero dispuesto a disfrutar del partido.

Todavía me quedaban más sorpresas, por la mala organización de “Viajes El Corte Inglés” y por el numerito que se montó en el aeropuerto, que volvió a dejar en evidencia que UEFA no escogió la sede adecuada. El aeropuerto de Basilea, simplemente, no tiene la capacidad de dar salida a tantos vuelos ni a acoger a tantas personas. Tuve mucha suerte porque sólo salí con una hora de retraso, pero, sobre todo, porque mi avión no fue el que tenía problemas técnicos y que vio retrasada su salida, sin ni siquiera una hora estimada.

En Basilea viví momentos malos pero que fueron compensados por los buenos: la quinta Europa League del Sevilla FC, ante el Liverpool. Otro momento histórico que tuve el privilegio de disfrutar en vivo y en directo.

Habrá pocos sevillistas en Basilea, gracias, entre otros factores, a la mala gestión del Sevilla FC

El Sevilla FC se ha lucido con la venta de entradas para la final de Basilea. Lo único que ha hecho bien ha sido subvencionar los desplazamientos con 200 euros y llegar a acuerdos con una amplia variedad de agencias para organizar los viajes.

Después, para empezar, la cantidad de entradas que ha anunciado el Sevilla no cuadra con las que consta que ha recibido el Liverpool. La capacidad del St. Jakob-Park para la final de la Europa League es de 35.000 espectadores. El equipo inglés anunció que recibiría 10.236 entradas, mientras que el Sevilla dice que ha recibido 7.000. Pero lo que me pareció verdaderamente sorprendente es que devolvió 2.000 entradas porque “eran muy caras”. Habida cuenta de que los dos clubes reciben la misma cantidad, haciendo cuentas, me pregunto: ¿Dónde han ido a parar las 1.236 entradas que restan?

Era evidente que en Basilea los ingleses nos iban a superar en número, por varias razones:

En primer lugar, porque el Liverpool es un club top de Europa y, a pesar de ello, llevan más de diez años sin llegar a una final de la importancia de la Europa League. Por si fuera poco, en Febrero perdieron la final de la Capital One Cup, por penaltis, contra el Manchester City, y ven la final de Basilea como una segunda oportunidad. Por tanto, entre sus aficionados hay una gran ilusión por ver la posibilidad de ganar un título.

En segundo lugar, el aficionado inglés, en general, dispone de una solvencia económica mayor que el español, por lo que el desplazamiento les supone menos esfuerzo. Incluso Jürgen Klopp, el entrenador del Liverpool, ha recomendado a los hinchas ingleses que viajen, aunque sea sin entrada, dada la belleza de la ciudad de Basilea. A este respecto, UEFA lo ha desaconsejado y ha insistido en que los aficionados que viajen sin entrada no deben acercarse al estadio, que estará perimetrado con estrictas medidas de seguridad. Mucho ojo con este asunto, porque en Basilea habrá aficionados del Liverpool que intentarán conseguir entrada por las buenas –reventa– o por las malas –robo–.

También esa solvencia económica posibilita que adquieran entradas de sevillistas gracias a la reventa. Me parece increíble que los socios más antiguos se dediquen a lucrarse revendiendo la entrada, incluso a aficionados del Liverpool. Sólo puedo entenderlo en el caso de que esa persona esté verdaderamente necesitada, lo cual no creo que sea el caso, porque, si no, no sería socio del Sevilla –hay cosas más importantes que el fútbol–. En este espinoso y triste tema de la reventa, el club poco puede hacer. Considero que poner las entradas nominativas no es una solución, ya que no depende del club. En Turín lo eran porque en Italia es obligatorio por ley, pero en Suiza no es así, y, posiblemente, por ese motivo UEFA habrá decidido que no sean nominativas.

Y en tercer lugar, el desplazamiento será más cómodo para los ingleses, sobre todo en el caso de que decidieran hacerlo por carretera, ya que tardarían entre seis y siete horas menos que desde Sevilla.

Lamentablemente, ahora, gracias a la genial idea de nuestros directivos de devolver 2.000 entradas, hay una cuarta razón, ya que, de acuerdo con esta información, la UEFA, ante las protestas del Liverpool por la escasez de entradas, ha asegurado que les otorgarían las entradas que pudiera devolver el Sevilla.

Desde mi punto de vista es totalmente inconcebible que el Sevilla devuelva las entradas, para más inri, con el débil pretexto de que tienen un precio elevado. Una sencilla solución habría sido el subvencionar las entradas más caras, vendiéndolas a 110 o 120 €, pagando el Sevilla el resto, de modo similar a como se ha hecho con los viajes. O en todo caso, pagar el Sevilla el coste íntegro. Cualquier medida me parece más acertada antes que poner las entradas a disposición del rival.

Otro tema que me parece una barbaridad es el elevado número de entradas que el Sevilla se queda para lo que llaman “compromisos del club”. De las 7.000 entradas (sin olvidar las sospechosas 1.236 que no cuadran), sólo se han puesto a la venta 5.600. Es decir, 1.400 entradas para compromisos. De acuerdo con la información que enlacé anteriormente, el Liverpool está obligado a reservar 2.000 entradas, por contrato, para los antiguos accionistas del club. El Liverpool ha decidido dedicar un 10% para empleados, jugadores, exjugadores y medios de comunicación –unas 825– y sólo un 2% para sponsors –unas 165–. Es decir, unas 1.000 entradas para “compromisos”, frente a las 1.400 por parte del Sevilla.

Y por último, lo que no se puede permitir es la mala organización para recoger las entradas. Yo, que tenía asegurada entrada por mi número de socio, fue el primer día, por la mañana, y tuve que esperar más de tres horas para recoger la entrada. Al menos, tuvieron el detalle de hacer la cola por dentro del estadio, para protegernos de la lluvia, pero, según he leído, ha habido gente que han hecho cola durante más de cinco horas, soportando lluvia, y al final se han quedado sin entradas. Eso es durísimo e inaceptable. El club debería, como mínimo, tener el detalle de hacer un simple cálculo y avisar de a partir de qué momento el aficionado que está en cola corre el riesgo de no tener entrada.

Y por supuesto, estoy seguro de que se puede hacer la recogida de entradas con más comodidad. No sé si se pueden agilizar trámites telemáticamente, pero lo que sí se puede, perfectamente, es habilitar más taquillas.

Un suspenso grande para el club en la organización de esta final de Europa League. Estaremos en Basilea en una gran inferioridad numérica. Sólo espero que ocurra lo mismo que ocurrió en la final de la Copa del Rey de Barcelona, donde a pesar de que los aficionados del Atlético de Madrid nos superaban por abrumadora mayoría, nos impusimos tanto en el césped como en la grada.

Sevilla FC 1 – Granada 4. Ganó el que se jugaba la vida

Partido poco atractivo el del día de ayer: casi nada en juego por parte del Sevilla, rival de la parte baja de la tabla, equipo poco competivivo –jugaron, suplentes, suplentes de suplentes y jugadores del filial– por tenerse como prioridad absoluta la final de Basilea, y lluvia, mucha lluvia. Esto último es un gran inconveniente, ya que sólo los aficionados de Preferencia y una pequeña parte del resto del estadio está bajo techo. Aún así, hubo media entrada, que es más de lo que yo esperaba.

Como era de esperar, ganó el que más se jugaba. El Granada puso más intensidad, y además, tenía más calidad. Sí, el Granada estaba luchando por el descenso, pero hay que recordar que ya nos ganó 2-1 en el partido de la primera vuelta, y en aquel partido Emery alineó a un equipo que puede considerarse titular, ya que sólo reservó a Banega, al que dio entrada en la segunda parte. Me atrevería a decir que el once inicial de ayer del Sevilla sería carne de cañón en Primera División, siendo más que favorito al descenso. Obviamente, es una prueba más de que se ha errado notablemente en la confección de la plantilla, ya que, a pesar de las lesiones, el equipo suplente no puede, ni debe, dar la imagen de ayer. Incluso si al equipo titular se le priva de Banega y Gameiro, ya pierde mucho potencial. Si ponemos, como dije antes, a suplentes, suplentes de estos y canteranos, el nivel ya da para muy poquito.

Entiendo perfectamente que haya aficionados que, ante la contundencia del resultado, estén convencidos o piensen en la posibilidad de que haya habido amaño. Pero no, es simplemente que no hay jugadores para más. Eso sí, posiblemente, si hubiera habido algo en juego, no se habría dado el bochornoso resultado de 1-4.

Los goles encajados por el Sevilla tampoco ayudan a los suspicaces a despejar dudas de si hubo arreglo o no. En el primero, una jugada defendida calamitosamente –como se han dado muchísimas esta temporada–, permite a Cuenca batir a Beto, a placer. En el segundo, hasta tres jugadores del Granada van a rematar al punto de penalti un centro lateral, no encontrando apenas oposición. El tercero llegó en un penalti absurdo e innecesario, delante de las narices del árbitro, cometido por Diogo –ya conocemos al portugués. No se le puede pedir mucho–. Y el cuarto llegó en una jugada de falta de entendimiento entre Carriço y Diogo, de esas de que “si voy yo”, “si vas tú”, y al final el que se la llevó fue Cuenca, que también marcó a placer.

Es decir, cuatro goles perfectamente evitables, como el 90% de los encajados por el Sevilla en esta triste temporada. Triste temporada en liga, por supuesto, donde no se ha sido capaz de ganar un partido fuera –en Bilbao también jugará un once de pena– y donde, casi milagrosamente, se ha conseguido la séptima plaza. En Copa del Rey y Europa League se ha triunfado, al menos económicamente. Queda por ver si también se triunfará en lo deportivo.

Lo único bueno del partido fue el debut de Diego González, que tuvo además la fortuna de mandar al fondo de la red, de tacón, el primer balón que le llegó. Casi el debut soñado, si no llega a ser por la derrota.

Sevilla FC 3 – Shakhtar 1. Otra final europea. Otro año igual, otro año igual…

Ayer, recién acabado el partido, la afición bajaba las escaleras al grito de “Otro año igual, otro año igual…”, y se me pasó por la cabeza que, probablemente, los aficionados más jóvenes no sabrían qué significaba. No sabrían que ese mismo cántico resonaba hace veinticinco años, en ese mismo estadio, pero con un significado muy diferente. Antes se oía porque el Sevilla, teniendo un buen equipo, ni siquiera lograba plaza para disputar competiciones europeas. Ahora, sin embargo, se oye porque volvemos a clasificarnos para disputar una nueva final europea, la quinta, y la tercera consecutiva. Es complicado de asimilar, pero es real, como la vida misma.

El partido empezó como estaba previsto, y como había anunciado Lucescu, el entrenador del Shakhtar: sin prisas por el combinado naranja, que esperaba con orden su oportunidad para contragolpear, y el Sevilla intentando incrementar la ventaja que traía del partido de ida, pero también sin precipitarse. Hasta que muy pronto, antes de los 10 minutos de juego, Gameiro adelantó al Sevilla, al aprovechar un gran error de Rakitskiy.

Ese gol obligaba al Shakhtar a hacer, al menos, dos goles para clasificarse, y la consecuencia fue que el equipo ucraniano se fue arriba. Pero el mayor inconveniente fue que el Sevilla no se defendió bien. Con la defensa demasiado atrás, cedía demasiado terreno al Shakhtar, que puso cerco al área sevillista. Fueron momentos de agobios, ya que los buenos jugadores ucranianos se movían como pez en el agua por las inmediaciones del área y daban mucha sensación de peligro. También inquietaron en algún corner absurdo y en alguna que otra falta que se podría haber evitado. Hasta que llegó el gol de la igualada, que sentó como un jarro de agua fría, por el momento en que llegó, al filo del descanso, y por la forma, en un contragolpe; el cual, dicho sea de paso, fue muy bien llevado por Marlos, que dio una asistencia de lujo a Eduardo. Este jugador brasileño –también nacionalizado croata– ya nos marcó en nuestro estadio cuando jugaba en el Arsenal, en partido de Champions, en noviembre de 2007. Espero que no nos lo encontremos más, porque ya tiene 33 años. Por parte sevillista, sólo Fazio estuvo en ese partido.

La segunda parte empezó de la mejor manera posible, consiguiendo Gameiro el 2-1, al aprovechar un buen pase de Krywhowiak y regatear al guardameta Pyatov. Ese gol daba cierta tranquilidad, pero aún daba pie a la posibilidad de prórroga. Posibilidad que desapareció totalmente doce minutos después, cuando Mariano Ferreira la puso imposible, de fuerte trallazo, ajustado al poste, para lograr el 3-1 definitivo.

Tiene razón Krychowiak cuando dice que aún no se ha conseguido nada. Tiene razón hasta cierto punto, porque la historia sólo recuerda a los vencedores, y se compite para ganar títulos. Pero también es cierto que el Sevilla volvió a ganar ayer dinero, prestigio y la posibilidad de volver a soñar con lograr la quinta Europa League.

No será fácil, por supuesto. Nunca lo es. Enfrente tendremos al Liverpool, un conjunto plagado de buenos jugadores que, a buen seguro, obligará al Sevilla a dar lo mejor, a luchar al límite, para alzarse con el trofeo. No obstante, era mi rival preferido. No me habría gustado jugar la final con el Villarreal, por ser un equipo español y porque considero que es superior al Liverpool. Además, los castellonenses nos conocen mejor y tienen una gran plantilla.

No quiero cerrar el post sin dedicar unas palabras al impresionante partido de Gameiro. No sólo por los dos goles de ayer –que pudieron haber sido tres si Kuipers, el árbitro holandés, hubiera señalado un clarísimo penalti que le hicieron–, sino por el gran esfuerzo físico del que hizo gala. Levantó al público de sus asientos cuando se pegó un carrerón para frenar un contragolpe en la esquina del área sevillista. Ya habría sido el acabose si hubiera conseguido el gol de chilena que intentó.

Se preguntaba ayer un periodista francés cuántos goles habría conseguido Gameiro si estuviera jugando en México –en referencia a Gignac, que está jugando en Tigres y, a diferencia de Gameiro, sí ha sido convocado por Francia para la Eurocopa–. Nadie sabe la respuesta, pero estoy seguro de que muchos más de los que lleva en su cuenta.