Barcelona 5 – Sevilla FC 4. El Sevilla se exhibe ante el mundo

Partido de los que hace afición, lleno de intensidad y emoción hasta el final, y que fue televisado en más de 200 países. Fútbol total por parte de los dos equipos, nueve goles, lucha hasta el límite de las fuerzas, partido épico… un gran espectáculo que pudieron ver millones de espectadores, que ahora ya conocen cómo se las gasta el Sevilla, que es posiblemente, uno de los pocos equipos del mundo capaz de remontar un 4-1 ante un conjunto tan potente como el Barcelona.

Lamentablemente, no hubo final feliz, por parte sevillista. Y es que el Sevilla cometió el pecado mortal de errar demasiado en las dos áreas, y eso, cuando se tiene enfrente al campeón de Europa, se tiene que pagar forzosamente con la derrota. Errores que, por otra parte, eran de esperar, dadas las numerosas bajas con las que llegaba el Sevilla a la final, que se acumulaban especialmente en la línea defensiva.

El Sevilla no hizo una buena primera parte, a pesar de que se puso por delante en el marcador, muy pronto, con el golazo de Banega. A los pocos minutos Messi marcó dos golazos de falta, ambas bastante discutibles, sobre todo la segunda. Y en el último minuto de esa primera parte, Rafinha casi sentenciaba el partido al lograr el 3-1 rematando casi en línea de gol un pase que nunca debería haberse dado con una defensa con experiencia y calidad.

No me gustó la actuación de Beto en los lanzamientos de falta. No sé si es que le he cogido manía –yo era de los que lamenté su renovación–, pero me dio la impresión de que podía haber hecho mucho más en varios de los goles. Por ejemplo, en las faltas.

En cualquier caso, no fue Beto quien cometió el error más grave. Ese dudoso honor recayó en Trémoulinas, que dio en bandeja el 4-1 a Luis Suárez. Me acordé una barbaridad de ese error durante todo el partido, en especial cuando se logró el empate a cuatro.

Con el 4-1, a los pocos minutos de la segunda parte, empecé a temer que el marcador se pareciera al de un partido de tenis. Pero Reyes logró acortar distancias, al aprovechar un excelente pase de Vitolo, y entonces ocurrió algo fundamental: se lesionó Iniesta y el Sevilla empezó a creer que la remontada era posible. O el equipo empezó a creer y se lesionó Iniesta. No estoy seguro. Pero lo cierto es que los ojos de los jugadores del más grande equipo de Andalucía ya estaban inyectados en sangre, y por sus cabezas ya sólo pasaba la idea de remontar.

Quince minutos después tuvo lugar otra jugada decisiva: Mathieu hace un penalti clarísimo a Vitolo, siendo el último hombre. El árbitro escocés, William Collum, que siempre barrió para el Barcelona, no se atrevió a expulsar al jugador barcelonista. Gameiro transformó el penalti con maestría, convenciendo ya a todos los espectadores de que la remontada era posible. No había más que ver la carita de Luis Enrique, que lo decía todo.

Y la remontada llegó a nueve minutos del final, al rematar Konoplyanka un buen pase de Immobile. Se conseguió lo que parecía imposible: darle la vuelta a un 4-1 ante el que es, actualmente, el mejor equipo del mundo.

Es imposible que un sevillista se refiera a este partido sin decir la palabra “orgullo”. Eso es exactamente lo que se sentía al ver a tus jugadores luchar hasta la extenuación, dándolo todo en el terreno de juego y superando todo tipo de obstáculos. Raza de campeón, casta y coraje, o echarle huevos. Llámesele como se quiera.

En la prórroga, ya las fuerzas eran mínimas. Vitolo y Krychowiak estaban lesionados y casi no podían con su alma. Aún así, el equipo lo intentó hasta el último momento. Incluso después del mazazo del gol que decantó la final, marcado por Pedro en posible fuera de juego, el Sevilla tuvo dos claras ocasiones, por medio de Coke y Rami para lograr el empate a cinco. Pero esta vez no pudo ser. Tendrá que ser en otra ocasión.

En mi opinión, lo que no estuvo a la altura de la final fue el arbitraje. El escocés William Collum lo tuvo claro desde el principio. Perdonó muchas tarjetas amarillas a jugadores del Barcelona y pudo expulsar a Mascherano y Mathieu, quienes hicieron faltas siendo el último hombre.

Al final la sensación que me quedó fue agridulce. Por un lado, alegría de ver la raza de campeón que mostraron los jugadores del Sevilla, que no se dieron nunca por vencidos. Pero, por otro lado, la tristeza de ver cómo se fue una final que llegó a estar en la palma de la mano.

Grandísima final, donde el Sevilla quizás mereció mejor suerte. Pero ya se sabe que el fútbol no suele ser justo, sobre todo con quien perdona. Tendremos que conformarnos sólo con la extraordinaria imagen que mostramos ante el mundo del fútbol: una exhibición total de calidad, pundonor y deportividad.

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